martes, mayo 12, 2009

Crónica de un parto anunciado (1ª parte)

Han sido tres años de espera, tres años en los que he hecho todo lo posible por conseguir mi objetivo. He llevado un duro entrenamiento físico, he cuidado mi alimentación, me he sometido a tratamientos para mejorar mi fertilidad y todo ello dio su fruto aquel 18 de agosto de 2008 cuando la analítica en sangre (después de dos falsos positivos en orina los test de farmacia no me decían nada) me mostró el milagro que tanto había esperado.
Todo fue felicidad. Luego, yo ya sabía que no sería fácil, aunque siempre tienes la esperanza de librarte de todos los malos síntomas que están vinculados con el embarazo. Pero no fue así. Los tres primeros meses fueron una sucesión de días y noches plagados de mareos y vómitos. Cualquier olor a comida me hacía vomitar, sólo podía comer pan y puré de patatas o arroz, sin especias, casi sin sabor a nada. La inactividad, los mareos y los vómitos me hicieron perder las fuerzas y estaba siempre agotada y con sueño. Tras este largo periodo de reposo y tras pasar de una actividad física frenética y una dieta plagada de verduras y proteínas a la inactividad más desesperante engordé cuatro kilos en tres meses, cosa que horrorizó a mi ginecólogo que me había exigido adelgazar como cosa apremiante antes de quedarme embarazada. Me puso un límite, un límite bastante difícil de conseguir… así que, aunque mejoraron las náuseas no pude en un mes mejorarme lo suficiente como para conseguir ese límite y a esas alturas del embarazo mi ginecólogo (privado claro, ya que obviamente con mi edad y con problemas de fertilidad yo tenía una lista de espera en la seguridad social por delante de años) me declaró su intención de no asistirme el parto. Me dijo que yo tendría diabetes gestacional y seguramente preclampsia y que él no se arriesgaba con un parto de ese tipo. Le agradezco su sinceridad al aceptar sus limitaciones médicas ya que él es especialista en fertilidad pero la verdad es que se me vino el mundo encima. Estaba embarazada de cuatro meses, algo que había soñado durante tanto tiempo ya ahora me sentía desamparada. Llevaba también mi seguimiento por la seguridad social, pero a la hora de la entrevista con mi matrona cometí un error: le dije que tomaba una medicación que me había recetado mi ginecólogo privado para la fertilidad. Da la casualidad de que esa medicación también se utiliza para el tratamiento de la diabetes y como yo tengo resistencia a la insulina (que no es diabetes porque yo los niveles de azúcar los tengo perfectamente aunque de esto nunca parecieron enterarse en los controles que me hacían) me mandó directamente a la consulta de alto riesgo (¡por diabética claro!). Aquellas consultas de alto riesgo eran interminables. Todavía con mis nauseas pasaba la mañana entera de pie en un pasillo atestado de embarazadas esperando a pasar a una consulta en la que nunca tenían mi expediente, y obviamente una vez que lo tuvieron me preguntaron: “bueno señora entonces… usted es diabética ¿no?”. Y claro, al explicarle lo que había sucedido con la medicación en cuestión el médico se ofuscó exigiéndome que dejara de visitar a mi ginecólogo privado o que dejara de saturar los servicios de la seguridad social, que las dos cosas no podían ser. Todavía no entiendo la poca tolerancia que tienen los médicos de la seguridad social a que hagamos uso de las compañías privadas. El caso es que por fuerza me querían tratar como diabética y ya se sabe que la mayoría de casos de partos de diabéticas finalizan con cesárea. Empecé a desesperarme, la “dulce espera” se estaba convirtiendo en una triste sucesión de visitas médicas en las que todo el mundo parecía querer deshacerse de mi. Consulté con otro ginecólogo privado, pensé: “si tu no me quieres otro novio me querrá” como dice la canción. La consulta de éste último fue un 5 de enero, era mi última esperanza ya que no quedaban más ginecólogos de mi seguro que atendieran partos. Entramos a la consulta mi marido, mi madre y yo. Después de unas preguntas de rutina me dijo que estaba muy avanzada para llevarme el parto pero que aún así me haría un favor. Me examinó, examinó al bebe en la ecografía y se sentó en su sillón de piel mientras me miraba. Serenamente empezó a darme argumentos que yo no entendí muy bien al principio. Pero al final entendí que lo que me ofrecía era, que si quería que me atendiera, tenía que ser por cesárea. Empezó a hablarme de las bondades de la intervención, la comodidad de no esperar y saber cuando será, lo bonita que sería la niña y el poco sufrimiento que tendría al no tener que parir. Sí señores, me vendió la cesárea perfecta. Mientras yo afirmaba con la cabeza todo lo que me decía, mi marido buscaba con la mirada la puerta de salida. Nos fuimos de allí confusos, sin saber muy bien qué estaba pasando. Lloré en el camino de vuelta, lloré mucho. Tantos años esperando a mi bebe para que ahora nadie quisiera recibirla con un mínimo de consideración.
El día 6 de enero viajaba a Cádiz como último recurso, tenía que visitar a mi ginecólogo de toda la vida, al que me trajo al mundo, para saber si realmente todo parecía tan negro como me lo habían pintado.
La consulta con él fue como me la había imaginado. Me dio toda la tranquilidad que esperaba, todo iba bien, la niña estaba bien, no había ni diabetes gestacional ni preclampsia. Yo tendría un parto natural.
Así que me quedé en Cádiz el resto del embarazo que no estuvo falto de vértigos, otitis, orzuelos, herpes, cólicos de riñón e infecciones de orina que, aunque dolorosos, no eran nada de la gravedad de lo que me habían augurado. Lo peor: la distancia. Nunca había estado separada de mi marido durante más de unos días y los viajes Murcia- Cádiz se hicieron para él, cada viernes, una rutina. Pero no eran suficientes un par de días para recuperar todo el tiempo que nos faltaba.
Todas las madres me decían que en el momento que me pusieran mi bebe encima en el momento del parto se me olvidaría todo.
Por fin llegó la Semana Santa y él vino a quedarse conmigo hasta el momento del parto. En estas últimas semanas predominó el cansancio, la impaciencia, el temor pero sobre todo el deseo de ver a mi bebé por fin entre mis brazos.
El día 28 de abril, día en que mi ginecólogo había fijado la fecha probable de parto, en la consulta de monitores me examinó. Concluyó que todo iba muy bien y que había empezado a borrar el cuello del útero aunque la niña estaba un poco alta y me realizó una maniobra por la que despegan las membranas para facilitar el comienzo del parto.
Al día siguiente me desperté como muchas otras mañanas con contracciones suaves, solo que esta vez eran muy rítmicas. Al levantarme expulsé el tapón mucoso y mi marido empezó a anotar las contracciones que se espaciaban exactamente siete minutos unas de otras. La intensidad de éstas fue elevándose y tras hora y media decidimos irnos a la clínica. Comí algo, más que nada por calmar los nervios y preparé todo lo necesario para la clínica. Estaba segura que con contracciones tan suaves y cada siete minutos me dirían que me volviera a casa hasta que la cosa avanzase pero mi madre y mi marido me convencieron que era mejor ir.
Al llegar allí seguía con contracciones y avisaron a la matrona que me puso el registro de monitores donde se reflejaban mis pequeñas contracciones y el corazón de mi niña latiendo perfectamente.
Luego me examinó con un tacto y cual fue mi sorpresa que me dijo que la bolsa estaba rota, por lo visto era una fisura alta y había estado perdiendo líquido sin darme cuenta. Estaba dilatada ya de tres centímetros y casi no me había enterado. Me dijo que subiera a la habitación y me pusiera el camisón que enseguida me bajaban a paritorio. Todo era tan rápido que casi no me creía que tuviera tanta suerte. Me dijo que la dilatación iba muy bien y que sería un parto rapidito y que por la tarde en unas horitas podría ver nacer a mi niña.
Yo estaba entre nerviosa y contenta, tanto tiempo esperando y al final todo iba a salir mejor de lo que me había temido. Ya pronto vería los ojos a mi hija después de tanto sufrimiento.
La matrona llamó a mi ginecólogo y le comentó la situación. Al no saber desde cuando estaba rota la bolsa y al estar mi hija muy arriba decidió que me pusieran la epidural (esto ya lo había yo solicitado pues mi sensibilidad al dolor es muy alta, es lo que se refiere con el término “bajo umbral del dolor”, término del que muchos profesionales médicos se han mofado en mi presencia diciendo que eso es ser “quejica”, llámese como se llame, mi nivel de sufrimiento ante un simple pinchazo de analítica común es mayor que el de otras personas) y posteriormente me suministraran oxitocina para ayudar a que la niña bajase al siguiente plano.
En este caso yo hubiera agradecido que se hicieran las cosas en el orden en el que se dijo que se hicieran pero por el contrario me pusieron un gotero y llamaron al anestesista.
Me coincidió el cambio de matrona y la matrona nueva me puso otra vez el registro pero al contrario que por la mañana el monitor no marcaba ninguna contracción, empezando a ser estas mucho más fuertes que las de por la mañana. El monitor estaba colocado en mitad de mi ombligo cuando por la mañana la otra matrona me lo colocó en el bajo vientre. Bueno, pensé, cada uno lo hace a su manera.
En ese momento ocurrió algo que cambiaría el trascurso de mi parto para siempre…

2 comentarios:

Amy dijo...

A ver Cho, solo decirte que si hubieras seguido el embarazo por el sistema andaluz desde un principio no habrías tenido queja...aquí funciona muy bien y todo el mundo está contento. Las visitas al tocólogo y matrona son las justas y necesarias, las que tiene evidencia científica, que es la eco 12, 20 32 y 40. Y si la TA está controlada y las curvas de glucosa bien NO hay diagnóstico ni de preeclampsia ni de diabetes

Por cierto, que la mayoría de las diabéticas tienen parto eutócico, vaginal. Y mucho menos riesgo si la diabetes es gestacional. Es cierto que el índice de cesárea es más frecuente en este grupo en particular, por el riesgo de macrosoma (peso grande para edad gestacional). Pero una diabetes bien controlada en alto riesgo se induce cuando llega el momento...

Y ni tu vecina matrona ni yo hemos visto 6 pinchazos de intento ni estimulacion oxitócica a pelo...y muchisimo menos la sedación, que está en desuso...

No te quiero deprimir...hala a disfrutar de Carolina

Aneralia dijo...

Estamos de acuerdo, el servicio andaluz de salud es mucho mejor que aquel... donde va a parar... y con respecto a lo otro estoy pensando seriamente el denunciar a greenpeace el maltrato animal al que se me sometió... o no? al fin y al cabo soy una mamifera más (y ahora soy una mamifera en toda regla jaajaja).
Amy.. para el próximo me vengo para acá de cabeza... tú búscame un buen anestesista y de lo demás te ocupas personalmente vale?... Besos de miel.
Esperate que esta crónica tiene una segunda parte.