martes, mayo 19, 2009

Equilibrio




Equilibrio, esa es la palabra, la sensación, EQUILIBRIO.

Volver a recuperar lo perdido,
volver a recomponer después de la tormenta,
después del abismo,
a un lado, al otro,
todo el desorden ocurrido.

Sentir el vértigo acuciante en tu interior, hiriendo.

Volver...

siempre la vuelta al centro de uno mismo.

Recuperar el EQUILIBRIO.

Acompasar la respiración y el latido hasta encontrar el sentido mismo de la vida.

Olvidar o superar.

Opción libre.

y volver...

siempre volver a intentar tensar la cuerda y caminar en busca de la luz.

En busca del EQUILIBRIO.

La búsqueda siempre de mí, la búsqueda incesante del porqué...

la decisión interna de la luz contra la oscuridad.

lunes, mayo 18, 2009

No estoy tan bien...


Maldita Nerea- La Raya.

Una línea, una raya en un papel
En un lado están las cosa que van bien
Y en el otro, lo que sale del revés
Y lo miro y no puedo comprender
Como el lado malo no para de crecer
Y es que va a ser será..
que al final no estoy tan bien...
no estoy tan bien...

Y son el mismo destino son la misma verdad
Los dos lados del camino, donde me llevarán
Mi problema es que siempre espero el tren
Pero cuando pasa ya no lo quiero coger
y ni me lleva ni me deja de traer
Y la espera RAYA
la máxima idiotez
Las ventajas tienden a desaparecer
Y nunca gano pero no dejo de perder...
así que...si que...no estoy tan bien...
no estoy tan bien...

Y son el mismo destino son la misma verdad
Los dos lados del camino, donde me llevarán
Al más penoso infinito a la más pura verdad
Tú y yo no somos distintos, pero eso qué más da...

El mosquito de la cáscara de nuez
Ya no viaja solo, las penas van con él
Pero sabe el doble y aún tiene que llover
Y la raya que no para de crecer
Es la del principio, la última a la vez
Y la dejas o te dejas convencer...
Y son el mismo destino son la misma verdad
Los dos lados del camino, donde me llevarán
Al más penoso infinito a la más dura verdad

Tú y yo no somos distintos, pero eso qué más da...
Son son, el mismo destino, son la misma verdad
Los dos lados del camino donde te llevarán
Al más penoso infinito a la más dura ¿verdad?
Tú y yo no somos distintos
Esa es la realidad...esa es la realidad

Si ha de ser será, lo dije a la primera
Aquí te queda escrito y tú lo escuchas cuando quieras
Aunque siendo así, lo mejor es no saber
¿no? ¿o qué?
Si
Así que intenta estar, buscando primaveras
en un rinconcito a donde no llegue cualquiera
y allí espérame que yo ya llegaré...ya llegaré
Esa es la realidad, ella no entiende de amigos...
esa es la realidad...¿no? ¿o qué?.

domingo, mayo 17, 2009

EL ELEFANTE ENCADENADO (Jorge Bucay)

Para mi hermosa mariposa:



EL ELEFANTE ENCADENADO

"Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales.

También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio es evidente:¿Qué lo mantiene entonces?¿Por qué no huye?Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado.Hice entonces la pregunta obvia:–Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo.La estaca era ciertamente muy fuerte para él.

Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía...

Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a sus destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE.

Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.

Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad... condicionados por el recuerdo de «no puedo»...Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón..."


JORGE BUCAY, «Cuentos para Demián»

viernes, mayo 15, 2009

Una ruina...

Maemiaaaaaa... todo está en crisis... toda empresa se hunde menos Dodot... gracias a mi pequeña Carolina... maemiaaaa.... me deberían dar un coche de empresa o algo no?.


uff... como decia la canción..."caca, culo, pedo, piiiiisss".


P.D.: Su aficción preferida estrenar el pañal recién puesto justo y cuando le estás terminando de cerrar los corchetes del pijama. Es su forma de decir...uuuupss... ¿he sido yo?..

Besos de miel lactantes.


jueves, mayo 14, 2009

Crónica de un parto anunciado (2ª parte)


En la puerta de aquel quirófano en el que esperaba tumbada sufriendo algunas contracciones de mayor intensidad, apareció un hombre con el pelo cano, de unos 68-70 años de edad (Don Anestesista, le llamaremos por no llamarle otra cosa). Don Anestesista me preguntó cual era mi peso, y yo, resoplando entre contracción y contracción le contesté y al oír mi respuesta se fue farfullando acerca de mi peso, haciendo comentarios cuando menos ofensivos.
Pensé que me daba igual mientras que hiciera bien su trabajo. Le pregunté a la matrona y me dijo que era muy bueno (no sé por que yo ya me temía cual iba a ser el desenlace de aquello). Me incorporaron y me sentaron en el filo de la camilla con la espalda descubierta y en ese momento llegó Don Anestesista que seguía protestando y haciendo comentarios. Noté la aguja de la anestesia local y acto seguido pensé… “ya está, todo ira bien ahora, se acabó el dolor (que ya empezaba a ser intenso)” pero mientras pensaba esto noté como si alguien hurgara en mi columna. Don Anestesista protestaba y pedía el instrumental y seguía intentando encontrar la forma de entrar entre mis vértebras. A todo esto yo me quejaba y soportaba las contracciones mientras él me preguntaba que qué me pasaba y me decía que aquello era un parto y que yo debía saber a qué había venido. La oxitocina ya corría por mis venas desde el gotero y las contracciones empezaban a no darme tregua.
Don Anestesista decidió probar mas abajo, y volvió a clavarme la uña del pulgar entre las vértebras para localizar el sitio, otro pinchazo de anestesia local y nada… pidió más instrumental, probó en otra situación más arriba, más abajo y seguía despotricando. A todo esto yo arqueaba la espalda lo más posible para intentar que aquel hombre encontrara el dichoso canal de entrada mientras la única sujeción que tenía era la de mis propias piernas en las que clavaba mis dedos intentando soportar el dolor. Al cuarto intento la matrona preguntó a Don Anestesista si llamaban a Don Otro Anestesista a lo que él argumentó que para qué lo iban a molestar, que si él no era capaz Don Otro Anestesista tampoco (maldita soberbia, que Dios lo perdone).
Seis veces lo intentó el señor Don Anestesista antes de determinar que era imposible ponerme la anestesia epidural.
Con la espalda rota por los pinchazos empecé a no poder soportar el dolor de mis contracciones. La matrona me dijo que empujara y así lo hice en cada contracción. Bajaron a mi marido al paritorio y no tuve que decirle nada, solo vio mi cara y le dije estoy con oxitocina y sin epidural, él cambió la cara y yo empecé a llorar.
A partir de ahí todo se hace confuso, yo ya no gritaba, bramaba como los animales me agarraba los brazos me mordía, me arañaba… no podía soportarlo más… estaba dilatada ya de seis centímetros, mientras intentaba apretar y mi espalda se me rompía en cada pinchazo que me habían dado. Ya no recuerdo el tiempo que pasó, ni quienes estaban allí conmigo, sólo mi marido, cuando llegó mi ginecólogo sentí un alivio profundo, me confié en sus manos y sólo le dije: “no puedo más”.
No sé que pasó acto seguido, solo recuerdo un trasiego de gente por detrás mía y después el silencio. Cuando desperté no había ya dolor pero la confusión era enorme. Casi no podía articular palabra, no podía abrir los ojos no sabía nada de lo que había pasado. Sentía el circular de las ruedas de la camilla por debajo de mi cuerpo y alguien que empujaba ésta. Sólo pude decir: “¿mi bebe?”… me contestó una voz: “tu bebe está bien” y entonces me dí cuenta de que no sabía si seguía dentro de mi y si aquello había sido solo un desmayo y tenía que seguir pariendo. Volví a preguntar: “¿he parido?”… “Sí” me dijo la voz … cuando fui consciente de que había parido un temor recorrió mi cuerpo: “¿Cesárea?”… “No” me contestó… y ya no pude decir nada más. Dos lágrimas recorrieron mi rostro.
Según mi marido, que estuvo cogiéndome la mano en todo momento, me anestesiaron y mi ginecólogo me hizo la episiotomía y trató de sacar a la niña con ventosa. La niña estaba muy alta y uno de los enfermeros empezó a hacerme una maniobra presionado mi vientre para ayudar a que esta bajara. Tuvo que repetirla tres veces hasta que por fin descendió, por desgracia uno de los anillos de la vagina no había dilatado y se desgarró. Mientras yo me movía aún estando inconsciente, mi ginecólogo le decía a Don Anestesista: “Don Anestesista, yo de anestesia no entiendo pero esta mujer se está moviendo” y Don Anestesista sin mediar palabra me volvía a incrementar la dosis de anestesia.
No me ha querido decir mucho más al respecto pero sí sé que cuando le dijeron que tenía que salir de paritorio cuando ya habían terminado conmigo subió a la habitación donde esperaban mis padres y no pudo contener las lágrimas hasta que vio a su hija en la incubadora.
Ahora me pregunto cómo puedo superar el hecho de no haber visto nacer a mi hija, de no haberla sentido sobre mi vientre para poder olvidar todo el dolor sufrido, de no haberla recibido con todo el amor que tenía guardado para ella.
Agradezco a mi ginecólogo que entendiera que mi sufrimiento había llegado a su límite, que no desistiera en su empeño y que pusiera todo su esfuerzo en que aquello no terminara en cesárea después de todo lo que habíamos luchado por ello.
Agradezco a mi marido el que no me soltara la mano en ningún momento, porque yo sabía que estaba allí dentro de mi sueño, ha sido muy valiente y siento el sufrimiento que aquello pudo haberle causado.
Agradezco a mi hija sus ganas de vivir y su lucha, su vitalidad y su especial forma de devolverme la esperanza en la vida y en sus ojos, en su amor y su inocencia.
Y a todas las personas que no me hicieron fácil el camino, deseo sólo que Dios los perdone porque yo ya los he perdonado. Sé que me será difícil superar este trauma pero no me quitarán el deseo de ser madre y de volver a querer serlo cuando me recupere.
Besos de miel.

martes, mayo 12, 2009

Crónica de un parto anunciado (1ª parte)

Han sido tres años de espera, tres años en los que he hecho todo lo posible por conseguir mi objetivo. He llevado un duro entrenamiento físico, he cuidado mi alimentación, me he sometido a tratamientos para mejorar mi fertilidad y todo ello dio su fruto aquel 18 de agosto de 2008 cuando la analítica en sangre (después de dos falsos positivos en orina los test de farmacia no me decían nada) me mostró el milagro que tanto había esperado.
Todo fue felicidad. Luego, yo ya sabía que no sería fácil, aunque siempre tienes la esperanza de librarte de todos los malos síntomas que están vinculados con el embarazo. Pero no fue así. Los tres primeros meses fueron una sucesión de días y noches plagados de mareos y vómitos. Cualquier olor a comida me hacía vomitar, sólo podía comer pan y puré de patatas o arroz, sin especias, casi sin sabor a nada. La inactividad, los mareos y los vómitos me hicieron perder las fuerzas y estaba siempre agotada y con sueño. Tras este largo periodo de reposo y tras pasar de una actividad física frenética y una dieta plagada de verduras y proteínas a la inactividad más desesperante engordé cuatro kilos en tres meses, cosa que horrorizó a mi ginecólogo que me había exigido adelgazar como cosa apremiante antes de quedarme embarazada. Me puso un límite, un límite bastante difícil de conseguir… así que, aunque mejoraron las náuseas no pude en un mes mejorarme lo suficiente como para conseguir ese límite y a esas alturas del embarazo mi ginecólogo (privado claro, ya que obviamente con mi edad y con problemas de fertilidad yo tenía una lista de espera en la seguridad social por delante de años) me declaró su intención de no asistirme el parto. Me dijo que yo tendría diabetes gestacional y seguramente preclampsia y que él no se arriesgaba con un parto de ese tipo. Le agradezco su sinceridad al aceptar sus limitaciones médicas ya que él es especialista en fertilidad pero la verdad es que se me vino el mundo encima. Estaba embarazada de cuatro meses, algo que había soñado durante tanto tiempo ya ahora me sentía desamparada. Llevaba también mi seguimiento por la seguridad social, pero a la hora de la entrevista con mi matrona cometí un error: le dije que tomaba una medicación que me había recetado mi ginecólogo privado para la fertilidad. Da la casualidad de que esa medicación también se utiliza para el tratamiento de la diabetes y como yo tengo resistencia a la insulina (que no es diabetes porque yo los niveles de azúcar los tengo perfectamente aunque de esto nunca parecieron enterarse en los controles que me hacían) me mandó directamente a la consulta de alto riesgo (¡por diabética claro!). Aquellas consultas de alto riesgo eran interminables. Todavía con mis nauseas pasaba la mañana entera de pie en un pasillo atestado de embarazadas esperando a pasar a una consulta en la que nunca tenían mi expediente, y obviamente una vez que lo tuvieron me preguntaron: “bueno señora entonces… usted es diabética ¿no?”. Y claro, al explicarle lo que había sucedido con la medicación en cuestión el médico se ofuscó exigiéndome que dejara de visitar a mi ginecólogo privado o que dejara de saturar los servicios de la seguridad social, que las dos cosas no podían ser. Todavía no entiendo la poca tolerancia que tienen los médicos de la seguridad social a que hagamos uso de las compañías privadas. El caso es que por fuerza me querían tratar como diabética y ya se sabe que la mayoría de casos de partos de diabéticas finalizan con cesárea. Empecé a desesperarme, la “dulce espera” se estaba convirtiendo en una triste sucesión de visitas médicas en las que todo el mundo parecía querer deshacerse de mi. Consulté con otro ginecólogo privado, pensé: “si tu no me quieres otro novio me querrá” como dice la canción. La consulta de éste último fue un 5 de enero, era mi última esperanza ya que no quedaban más ginecólogos de mi seguro que atendieran partos. Entramos a la consulta mi marido, mi madre y yo. Después de unas preguntas de rutina me dijo que estaba muy avanzada para llevarme el parto pero que aún así me haría un favor. Me examinó, examinó al bebe en la ecografía y se sentó en su sillón de piel mientras me miraba. Serenamente empezó a darme argumentos que yo no entendí muy bien al principio. Pero al final entendí que lo que me ofrecía era, que si quería que me atendiera, tenía que ser por cesárea. Empezó a hablarme de las bondades de la intervención, la comodidad de no esperar y saber cuando será, lo bonita que sería la niña y el poco sufrimiento que tendría al no tener que parir. Sí señores, me vendió la cesárea perfecta. Mientras yo afirmaba con la cabeza todo lo que me decía, mi marido buscaba con la mirada la puerta de salida. Nos fuimos de allí confusos, sin saber muy bien qué estaba pasando. Lloré en el camino de vuelta, lloré mucho. Tantos años esperando a mi bebe para que ahora nadie quisiera recibirla con un mínimo de consideración.
El día 6 de enero viajaba a Cádiz como último recurso, tenía que visitar a mi ginecólogo de toda la vida, al que me trajo al mundo, para saber si realmente todo parecía tan negro como me lo habían pintado.
La consulta con él fue como me la había imaginado. Me dio toda la tranquilidad que esperaba, todo iba bien, la niña estaba bien, no había ni diabetes gestacional ni preclampsia. Yo tendría un parto natural.
Así que me quedé en Cádiz el resto del embarazo que no estuvo falto de vértigos, otitis, orzuelos, herpes, cólicos de riñón e infecciones de orina que, aunque dolorosos, no eran nada de la gravedad de lo que me habían augurado. Lo peor: la distancia. Nunca había estado separada de mi marido durante más de unos días y los viajes Murcia- Cádiz se hicieron para él, cada viernes, una rutina. Pero no eran suficientes un par de días para recuperar todo el tiempo que nos faltaba.
Todas las madres me decían que en el momento que me pusieran mi bebe encima en el momento del parto se me olvidaría todo.
Por fin llegó la Semana Santa y él vino a quedarse conmigo hasta el momento del parto. En estas últimas semanas predominó el cansancio, la impaciencia, el temor pero sobre todo el deseo de ver a mi bebé por fin entre mis brazos.
El día 28 de abril, día en que mi ginecólogo había fijado la fecha probable de parto, en la consulta de monitores me examinó. Concluyó que todo iba muy bien y que había empezado a borrar el cuello del útero aunque la niña estaba un poco alta y me realizó una maniobra por la que despegan las membranas para facilitar el comienzo del parto.
Al día siguiente me desperté como muchas otras mañanas con contracciones suaves, solo que esta vez eran muy rítmicas. Al levantarme expulsé el tapón mucoso y mi marido empezó a anotar las contracciones que se espaciaban exactamente siete minutos unas de otras. La intensidad de éstas fue elevándose y tras hora y media decidimos irnos a la clínica. Comí algo, más que nada por calmar los nervios y preparé todo lo necesario para la clínica. Estaba segura que con contracciones tan suaves y cada siete minutos me dirían que me volviera a casa hasta que la cosa avanzase pero mi madre y mi marido me convencieron que era mejor ir.
Al llegar allí seguía con contracciones y avisaron a la matrona que me puso el registro de monitores donde se reflejaban mis pequeñas contracciones y el corazón de mi niña latiendo perfectamente.
Luego me examinó con un tacto y cual fue mi sorpresa que me dijo que la bolsa estaba rota, por lo visto era una fisura alta y había estado perdiendo líquido sin darme cuenta. Estaba dilatada ya de tres centímetros y casi no me había enterado. Me dijo que subiera a la habitación y me pusiera el camisón que enseguida me bajaban a paritorio. Todo era tan rápido que casi no me creía que tuviera tanta suerte. Me dijo que la dilatación iba muy bien y que sería un parto rapidito y que por la tarde en unas horitas podría ver nacer a mi niña.
Yo estaba entre nerviosa y contenta, tanto tiempo esperando y al final todo iba a salir mejor de lo que me había temido. Ya pronto vería los ojos a mi hija después de tanto sufrimiento.
La matrona llamó a mi ginecólogo y le comentó la situación. Al no saber desde cuando estaba rota la bolsa y al estar mi hija muy arriba decidió que me pusieran la epidural (esto ya lo había yo solicitado pues mi sensibilidad al dolor es muy alta, es lo que se refiere con el término “bajo umbral del dolor”, término del que muchos profesionales médicos se han mofado en mi presencia diciendo que eso es ser “quejica”, llámese como se llame, mi nivel de sufrimiento ante un simple pinchazo de analítica común es mayor que el de otras personas) y posteriormente me suministraran oxitocina para ayudar a que la niña bajase al siguiente plano.
En este caso yo hubiera agradecido que se hicieran las cosas en el orden en el que se dijo que se hicieran pero por el contrario me pusieron un gotero y llamaron al anestesista.
Me coincidió el cambio de matrona y la matrona nueva me puso otra vez el registro pero al contrario que por la mañana el monitor no marcaba ninguna contracción, empezando a ser estas mucho más fuertes que las de por la mañana. El monitor estaba colocado en mitad de mi ombligo cuando por la mañana la otra matrona me lo colocó en el bajo vientre. Bueno, pensé, cada uno lo hace a su manera.
En ese momento ocurrió algo que cambiaría el trascurso de mi parto para siempre…

lunes, mayo 11, 2009

El sueño más dulce...


Despertar a tu lado, amor, y ver tu rostro me llena de la felicidad más tierna que nadie ha podido imaginar. Cada día aprendo más a quererte, eres un pedacito de mí.