Amalia guisaba algo de comer en la cocina de la casa familiar, mientras que Ricardo, deambulaba por el pasillo a pasos cortos y atropellados buscando algo que, sin duda, parecía importante.
Amalia es una mujer madura, ligeramente redondeada, quizás debido a su pasión por el exquisito arte de degustar buenos alimentos. Chapotea con una cuchara de palo en una olla llena de comida abundantemente sazonada con tomate, mientras canturrea alguna canción antigua, quizás una copla a la que se le ha ido deshilachando la letra hasta ser solo un murmullo ininteligible en su boca carnosa y rosada.
Ricardo es un hombre maduro, ligeramente encorvado por el paso de los años y las responsabilidades laborales y familiares. En su juventud fue alto y delgado, pero el tiempo también ha hecho mella en él y sólo queda de aquellos días un brillo juguetón en sus ojos que a veces también brilla en su sonrisa. Lleva las puntas de los dedos manchadas de tinta y relee una y otra vez un trozo de papel que sujeta entre sus manos.
En una de sus frenéticas idas y venidas, Ricardo hace una parada en seco, gira bruscamente su cuerpo y se inclina hasta aparecer cómicamente asomado por el hueco de la puerta de la cocina y pregunta con aire misterioso:
- Amalia,… ¿Para animar algo? ¿Tú que haces?
Se hace el silencio. Amalia mira hacia arriba como intentando atrapar los pensamientos que ahora se escurren de su cabeza. Tuerce el gesto al darse cuenta que el techo está empezando a soltar pequeños trozos de la pintura plástica que hace años soporta el constante uso de la cocina. Ricardo se impacienta:
- ¡Amalia!- Le reclama en tono suplicante.
Amalia olvida por un momento la pintura y sentencia con aire de satisfacción:
- Tomate. Tomate frito.- y respira aliviada como el que ha descubierto una verdad universal.
- ¡Amalia! ¿cómo voy a poner eso en una carta?
- El tomate frito va con todo – sigue razonando Amalia convencida de su genial afirmación- si tienes arroz solo, le pones tomate y ya la cosa cambia, si tienes trozos de pollo seco, con el tomate frito te sale un guiso que levanta a los muertos, si te han sobrado judías verdes, que enseguida se ponen feas…
- ¡Amalia! como le voy a poner eso a la pobre Raquel, acaba de divorciarse y a ti solo se te ocurren soluciones gastronómicas. ¡Qué cosas tienes! Si le digo eso seguro que no se anima.
Ricardo se aleja abatido por el pasillo rascándose la incipiente calva que asoma por su coronilla. Amalia, en la cocina, prosigue la explicación de tan genial descubrimiento.
- Bueno… y ya si le pones patatas fritas, seguro que se acaba de animar del todo. Vamos, me dirás tu que es lo mismo unos pobres huevos que unos huevos con patatas fritas, y si es un pollo frito…, si es con tomate ya está bueno, pero ¿cómo está con patatas fritas? ¡Eso está divino!...
Ricardo coge un sobre del escritorio, lo alisa con los dedos y mete en él un trozo de papel algo arrugado y garabatea rápidamente lo que parece una dirección postal. Dentro del sobre, la carta que finalmente ha escrito, dice así:
“Querida Raquel,
Hemos sentido mucho la noticia de tu separación de Alfonso. Ya sabemos que la vida a veces te lleva por caminos dolorosos. Esperamos que estés bien y que te recuperes pronto de este trago, para lo que, por supuesto, puedes contar con nosotros. Nunca es tarde para retomar tu vida y nosotros estaremos encantados de que encuentres la felicidad de la forma que tú prefieras. Así que ahora tienes que animarte, por cierto, Amalia dice que para eso ”tomate y patatas fritas”.
Un cariñoso saludo de tu primo,
Ricardo.”
La casa queda en silencio después de apagar las luces, el sobre duerme sobre el mueble de la entrada y la oscuridad de la noche entra por el ventanal de la cocina alumbrando una triste hilera de platos que esperan ser devueltos a su estado original por la mañana. Todo duerme, todo reposa y en el ambiente permanece un dulce olor a tomate… y a patatas fritas.
Amalia es una mujer madura, ligeramente redondeada, quizás debido a su pasión por el exquisito arte de degustar buenos alimentos. Chapotea con una cuchara de palo en una olla llena de comida abundantemente sazonada con tomate, mientras canturrea alguna canción antigua, quizás una copla a la que se le ha ido deshilachando la letra hasta ser solo un murmullo ininteligible en su boca carnosa y rosada.
Ricardo es un hombre maduro, ligeramente encorvado por el paso de los años y las responsabilidades laborales y familiares. En su juventud fue alto y delgado, pero el tiempo también ha hecho mella en él y sólo queda de aquellos días un brillo juguetón en sus ojos que a veces también brilla en su sonrisa. Lleva las puntas de los dedos manchadas de tinta y relee una y otra vez un trozo de papel que sujeta entre sus manos.
En una de sus frenéticas idas y venidas, Ricardo hace una parada en seco, gira bruscamente su cuerpo y se inclina hasta aparecer cómicamente asomado por el hueco de la puerta de la cocina y pregunta con aire misterioso:
- Amalia,… ¿Para animar algo? ¿Tú que haces?
Se hace el silencio. Amalia mira hacia arriba como intentando atrapar los pensamientos que ahora se escurren de su cabeza. Tuerce el gesto al darse cuenta que el techo está empezando a soltar pequeños trozos de la pintura plástica que hace años soporta el constante uso de la cocina. Ricardo se impacienta:
- ¡Amalia!- Le reclama en tono suplicante.
Amalia olvida por un momento la pintura y sentencia con aire de satisfacción:
- Tomate. Tomate frito.- y respira aliviada como el que ha descubierto una verdad universal.
- ¡Amalia! ¿cómo voy a poner eso en una carta?
- El tomate frito va con todo – sigue razonando Amalia convencida de su genial afirmación- si tienes arroz solo, le pones tomate y ya la cosa cambia, si tienes trozos de pollo seco, con el tomate frito te sale un guiso que levanta a los muertos, si te han sobrado judías verdes, que enseguida se ponen feas…
- ¡Amalia! como le voy a poner eso a la pobre Raquel, acaba de divorciarse y a ti solo se te ocurren soluciones gastronómicas. ¡Qué cosas tienes! Si le digo eso seguro que no se anima.
Ricardo se aleja abatido por el pasillo rascándose la incipiente calva que asoma por su coronilla. Amalia, en la cocina, prosigue la explicación de tan genial descubrimiento.
- Bueno… y ya si le pones patatas fritas, seguro que se acaba de animar del todo. Vamos, me dirás tu que es lo mismo unos pobres huevos que unos huevos con patatas fritas, y si es un pollo frito…, si es con tomate ya está bueno, pero ¿cómo está con patatas fritas? ¡Eso está divino!...
Ricardo coge un sobre del escritorio, lo alisa con los dedos y mete en él un trozo de papel algo arrugado y garabatea rápidamente lo que parece una dirección postal. Dentro del sobre, la carta que finalmente ha escrito, dice así:
“Querida Raquel,
Hemos sentido mucho la noticia de tu separación de Alfonso. Ya sabemos que la vida a veces te lleva por caminos dolorosos. Esperamos que estés bien y que te recuperes pronto de este trago, para lo que, por supuesto, puedes contar con nosotros. Nunca es tarde para retomar tu vida y nosotros estaremos encantados de que encuentres la felicidad de la forma que tú prefieras. Así que ahora tienes que animarte, por cierto, Amalia dice que para eso ”tomate y patatas fritas”.
Un cariñoso saludo de tu primo,
Ricardo.”
La casa queda en silencio después de apagar las luces, el sobre duerme sobre el mueble de la entrada y la oscuridad de la noche entra por el ventanal de la cocina alumbrando una triste hilera de platos que esperan ser devueltos a su estado original por la mañana. Todo duerme, todo reposa y en el ambiente permanece un dulce olor a tomate… y a patatas fritas.

4 comentarios:
Me ha gustado mucho, sencillo y simp�tico es un relato que en s� levanta el �nimo,es una defensa de las cosas peque�as que a veces son las que valen en esos casos,sigue as� ,ah.. creo sinceramente que esto lo hubiera escrito cualquier escritor consagrado.
abrazos.
santihol
Sinceramente estoy totalmente seguro del valor de lo pequeño en la inmensidad del tiempo. Pues el tiempo de nuestra vida esta compuesto de pequeños momentos que podemod considerar felices,y no hay nada que te haga más feliz que leer algo que te haga sonreir con aroma a tomate frito con patatas.
Un abrazo enorme..
El dueño de mi cueva.
Muy bonito Ane, gracias por los ánimos ;)
¿Qué almorzamos hoy? ¿salmorejo? ¿arroz con tomate? ¿un gazpachito?. Dice un refrán que las penas con pan son menos. Y resulta que no, ¡que es con tomate!. No no, tiene que ser con pan y tomate... oyoyoy con lo que disfruta una rebañando el tomate con el pan... o mojando soponcillos en el tomate...
¿Y ese pan tumaca? No si... va a ser que Amalia lleva razón ;)
Sencillamente genial. Como siempre.
gracias a todos. Ya sabeis el secreto de la felicidad... creo que voy a patentarlo. jeje (post patrocinado por Tomate Orlando...)
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