
Cuando me acerqué al acantilado, un aire gélido me adormeció la cara, anochecía frente a la costa y el cielo se matizaba en colores violetas y anaranjados. El sol se despedía en su ocaso, semisumergido en las frías aguas del Cantábrico, mostraba en su tez dorados y rojos como el final de una hoguera tras el largo día de trabajo.
El mar embravecido, golpeaba las rocas que impasibles soportaban sus embistes y lo transformaban en espuma blanca y salada sobre el pardo cuerpo de la piedra. Ante esta lucha, las rocas desnudas horadadas por su fuerza, parecen sorprendentemente calladas y firmes, en su estallido de indiferencia, tal y como en una pelea de amantes.
Rodeada de silencio empecé a pensar que era tal y como tú y yo nos habíamos despedido. Él tiene el color de tus ojos, azul profundo, casi grisáceo, y su furia me recuerda a la tuya aquel día, sus olas intentan acariciarla con cierto grado de violencia demandando en cierto modo algo que no podía darte, y yo, aletargada como ella no fui capaz de responder con igual pasión a tus reproches.
Entre toda esta marea algo me hizo salir de mi recuerdo, allí sobre la espuma que vestía las rocas, se alzaba impetuoso un edificio, un viejo faro olvidado.
Parecía una edificación sencilla, sin grandes ambiciones, líneas simples que albergaban la función vital de marcar el rumbo de aquellos que han perdido el norte en algún término. Desde sus pies verdecidos por las algas transmite una seguridad extrema justo al borde del abismo.
En su cuerpo, grandes bloques desgastados, apilados simétricamente, torneaban su figura grisácea, en tiempos blanca, como una mujer que ha ido perdiendo su belleza por el paso del tiempo.
En su cumbre un gran ojo de cristal, brillante luz que me atrajo y a su vez me transmitió una ola de calma, un calor interno desde su luz blanquecina. Los hierros oxidados que delimitan sus cristales no son más que pausas en esta calma que llena el vacío de luz.
Desde aquel día vivo de otra manera en mi desorientación y cuando me inquieta de sobremanera cierro los ojos y me hallo allí frente aquel faro, llena de luz, y así vuelvo a retomar mi rumbo, el rumbo que me lleve de nuevo a ti.
Aneralia